Haiku entre dos
Al despertar el comienzo,
preciso es escarbar en la inocencia inquebrantable,
húmeda, insaciable de conocimientos sin cosmos definido.
No perder de vista, ¡mira, ya, ve!, la profunda insinuación,
la descontrolada presteza,
la hiperactividad que fundamenta nuestro ciclo de vida.
Vale escuchar el aforado tono de la estabilidad frágil;
escozores, barreras y distracciones amenazantes que la complican,
que la colocan en un peligro,
no merecen tener volumen o imagen si quiera.
Palpar con curiosidad, terror o júbilo
la identidad ya conformada por delirantes entrecruzamientos
de pretensiones, apetitos, comezones del alma aún joven.
Gustar la zozobra, la timidez punzante,
el aquelarre fascinante del tiempo de los principios.
Haiku formado de nuestra moción,
haiku que no puede exceptuar su pureza lastimosa,
su congruencia lúdicamente estructurada.
El haiku es el niño, mi hijo, la musa, no la forma y estructura del poema...
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